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«Capítulo 0»


Era invierno durante plena época de nevada cuando a William Jesse se le ocurrió la triste idea de suicidarse. Aunque estos tipos de pensamientos no eran nuevos, ya que venía teniendo pensamientos similares durante tiempo atrás, esta sería la primera vez que pondría en juego su vida. Temprano, a eso de las 8 de la mañana, William estaba ahora mismo parado justo en el borde del puente de Manhattan, New York.

Con vista al vacío que se extendía debajo de él, William podía sentir la fría brisa mover su ropa mientras que la nieve se juntaba encima de su cabello, humedeciéndolo. Él simplemente permanecía en silencio, mirando hacia abajo. ¿Salto o no salto? ¿Me suicido… o no me suicido? Esas eran las dudas que estaban inundando ahora mismo su mente.

No muy lejos de él una gran cantidad de peatones que pasaban y que vieron la situación se reunieron en las cercanías, gritándole e intentando dialogar con él para que no saltase. Pero ninguna de esas voces entraba dentro de la mente de William. Ahora mismo, él estaba completamente solo, nada ingresaba en sus oídos, ni el sonido de la patrulla de policía que había llegado a la escena, ni de los paramédicos, ni bomberos, ni de la gente, nada. Solo estaba él, y solo él en sus pensamientos.

¿Lo hago o no lo hago?

¿Si muero, finalmente seré libre, finalmente podré dormir para siempre o iré al infierno por suicidarme? Muchas preguntas aparecían en la mente de William. Entre esas preguntas, también resurgía la creencia de la existencia del infierno, y por momentos sentía miedo de saltar e ir a parar en el fuego del infierno por suicidarse. Pero a su vez, esos pensamientos rápidamente iban siendo dejado a un lado cuando recordaba lo sucedido.

Hace tan solo una o dos horas atrás, William como cualquier otro oficinista se encontraba trabajando en la computadora dentro de la empresa de MasterHer, una empresa de telecomunicaciones con varias oficinas en Manhattan.

Debido a una serie de problemas que William tenía en casa, como que su mujer lo engañaba o como que estaba increíblemente endeudado y que pronto, posiblemente en está o en la próxima semana, le quitaran la casa debido a las deudas sin pagar que tenía encima. William no estaba bien, su tez era pálida y sus ojos poseían unas ojeras que fácilmente parecía no haber dormido bien durante semanas enteras. Lo peor no era eso, sino que aparte de ello tenía una pequeña de 7 años la cual dependía exclusivamente de él para vivir. Sin él, esa pequeña no tendría para comer, para pagarse el colegio, para nada. Su esposa que aparte de que lo engañaba, no le ayudaba en nada y vivía de salidas nocturnas a escondidas de él.

Su vida básicamente estaba al borde del colapso.

Y el último peldaño que faltaba para que él decidiera terminar con su vida, fue esa misma mañana luego de que entrase al trabajo y se sentase en el asiento dentro de su oficina, que su superior ingreso por la puerta y le dijo unas palabras que resonaron en los oídos de William como un martillo que le dio el último golpe que le hacía falta para derrumbarlo.

—Will, lo siento amigo, pero estás despedido.

Y con ello, la poca luz que había en los ojos de William se desvanecieron.

Lo próximo que hizo fue tomarse un taxi hasta el puente de Manhattan, subirse al borde y permanecer allí, mirando al vacío a punto de saltar.

¿Debería saltar o no?

Entre las innumerables dudas que surgían en su cabeza, repentinamente la voz de un policía que estaba intentando convencerle para que no salte, llego a él.

—¡William, no lo hagas amigo! Tienes una pequeña, no querrás quitarle a su padre a tan solo 7 años, amigo. Ella te necesita. Llorada si saltas.

Cuando escuchó esas palabras, la imagen de una linda niña de 7 años le vino a la mente. Su hija, su pequeña que recién va a jardín de infantes. ¿Qué pasará con ella? ¿No le estaría haciendo daño si salto? Esa mujer pese a que vivía engañándome, siempre cuido muy bien de nuestra hija, así que, si muriese, ¿realmente le haría daño a mi pequeña?

Muchas dudas surgían, y por un momento William dio un paso atrás al pensar que haría llorar a su hija pequeña si muriera. El policía que estaba detrás sonrió un poco, y extendió su mano para intentar convencerlo de que tome su mano y no salte al vacío.

Todo parecía que se había resuelto y que William no saltaría, pero justo cuando estaba por volver hacia atrás y ponerse fuera del peligro, recordó la increíble deuda que tenía y recordó que dentro de pocas semanas el banco le iba a quitar la casa y esa mujer y su hija quedarían en la calle. Su hija se quedaría sin casa, sin un hogar en el cual crecer.

Incluso si no saltaba, el destino para él y su hija ya estaba escrito, le quitarían la casa y quedarían hundidos totalmente en la pobreza sin hogar, sin nada. Con el frío polar que estaba cayendo, no sería raro que terminaran muriendo de frío bajo algún puente desconocido o en algún acampado.

No.

Mi hija merece algo mejor, merece crecer y tener un hogar.

Sus pies que hace un segundo estaban retrocediendo, se detuvieron.

—¿Qué pasa, amigo? Vamos, ven yo te ayudaré. Todos te ayudaremos. Tu hija te necesita, amigo, ven aquí. —El policía que noto el cambio en la expresión de William, se puso nervioso e intento acercarse más hacia William para tomarlo del brazo lo más pronto posible. Tenía miedo de que se aventase al vacío de repente.

Es entonces que unas palabras salieron de la boca de William.

—… cierto, lo había olvidado. —murmuro William para sí mismo, recordando algo que quizas había olvidado debido a los continuos nervios y preocupaciones que había estado sufriendo. Recordó que…

—… ahora recuerdo que… yo tengo un seguro de vida. Con eso mi hija debería de poder vivir una vida estable con casa y comida. Con eso… ella podría llegar a ser feliz. Tiene siete, los niños se olvidan de los momentos tristes cuando crecen. Ella se olvidará de su padre también, y podrá vivir como una niña normal.

La mirada de William mostró una ligera, pero triste sonrisa, estaba feliz pero triste al mismo tiempo. Por un lado, estaba triste, ya que no podría ver a su niña crecer y casarse, pero por el otro lado, con su seguro de vida lograría pagar la deuda y sobraría suficiente dinero como para que su hija pudiese tener una vida normal.

—… al final, mi muerte ayudará más que si permanezco vivo.

—¡No, espera! ¡No salteees…!

Con esas últimas palabras dichas, William salto al vacío. El policía extendió su mano queriendo salvarlo, pero no lo alcanzo, y toda la gente que estaba viendo la situación vio como un pobre hombre de camisa blanca arrugada, con canas y una tez cansada salto del puente y cayo al vacío.

Lo último que se escuchó fue un fuerte golpe de un cuerpo haciéndose pedazos contra el suelo.

De ese modo, William Jesse de 45 años, padre de una niña de 7 años y esposo. Se suicidó en una mañana de invierno, saltando desde el puente de Manhattan a ojos de cientos de personas que estaban en el lugar.

 

1209p

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