Capítulo 00 – Prólogo
Nelldir era huérfano.
Jamás conoció
a sus verdaderos padres, y vivió y creció entre los barrios bajos y pobres de
una pequeña y vaga ciudad del este. Desde niño se vio obligado a hurtar todo lo
que estuviera al alcance de sus manos para sobrevivir junto a otros niños que
estaban en su misma situación. Pobres y hambrientos, la mayoría de los huérfanos
terminaban de una u otra forma en manos de bandas criminales.
Y Nelldir no
era muy distinto al resto.
Un día de
fuertes lluvia, Nelldir junto con otros niños delgados y con hambre, en formación
de pirañas atacaron una vieja panadería. El plan era simple, todos se adentraron
dentro de la panadería para coger todo lo que pudieran y luego se dispersaban
como hormigas por la ciudad. La mayoría de las veces dos o tres eran atrapados
por los guardias de la ciudad, pero lo positivo era que el resto lograba
escabullirse y disfrutar de lo obtenido.
Era cuestión
de suerte de que no te tocará ser el que era capturado.
Todos los niños
sabían que en cualquier momento podría tocarles a ellos ser el capturado, el sacrifico
para que el resto sobreviva una semana más. Todos eran conscientes de esto,
pero era al mismo tiempo cosa del destino.
Nelldir era
uno de los niños más veloces, así que tenía confianza en que no sería el
sacrificio del día. Confiaba en que sus piernas le darían el impulso para no
ser el capturado por los guardias.
Pero este
día, mientras las ratas huían en todas direcciones luego de asaltar la vieja panadería,
Nelldir sintió un escalofrió por su espalda.
Ese escalofrió
se sentía como si alguna clase de mirada muy peligrosa se hubiera centrado en
él.
El rostro de
Nelldir palideció y se apresuró a poner todas sus fuerzas en sus piernas para
huir.
Su velocidad
se duplico y al cabo de unos pocos minutos, ya se estaba adentrando entre los callejones
laberintos de los barrios bajos, corriendo y girando de un lado a otro para
perder a cualquier posible guardia que le estuviera siguiendo. Nelldir volteo
varias veces su mirada detrás para comprobar. Al ver no había ningún guardia corriendo
detrás suyo, dejo escapar un suspiro, pero al mismo tiempo no se atrevió a
detenerse. Esa extraña sensación fría en su espalda seguía allí.
Esa sensación
de estar siendo observado por algo seguía erizando los pelos de su cabello.
Nelldir
apretó sus dientes y puso toda su energía para correr lo más rápido que
pudiera, salto y esquivo un par de cajas entre los pasillos, doblo y salto una
cerca. A su paso, tiro unos tablones de madera para obstruir y giro en otra
esquina. Creyó que quizás haciendo esto evitaría que esa repulsiva sensación de
estar siendo observado le siguiera, pero no pudo evitar abrir sus ojos de par
en par cuando noto que había alguien parado al final del callejón por el cual
estaba corriendo.
A toda prisa
detuvo sus pasos, tropezó y cayo rodando un par de metros.
Se levanto
adolorido y jadeando por aire.
Alzo su mirada
y allí lo vio.
Era un anciano
con barba larga y túnica larga de color gris gastado.
A primera
vista el anciano no lucio muy diferente a cualquier anciano común, con la
diferencia de que en los ojos de este anciano parecía reflejarse un extraño
brillo que hizo retumbar la mente del pequeño Nelldir. Nelldir inconscientemente
no pudo evitar temblar al ver esos ojos del anciano. Esos ojos negros parecían
reflejar de alguna forma un mar extenso y enorme de miles de estrellas que se movían
en círculos. Eran como los ojos de un ser místico y divino. Nelldir con solo
observar ese brillo en los ojos del anciano, sintió que todos sus pensamientos
se evaporaban y no podía moverse ni pensar. Su cuerpo estaba empapado en sudor,
y sus músculos temblaban con miedo y respeto por este anciano.
Algo le digo
en su interior que, a ojos de este anciano, su pequeña e insignificante vida
era igual a la de una simple y pequeña hormiga. Podía aplastarla del mismo modo
con un simple pisotón.
“… s-señor, ¿usted
quién es?”
Nelldir sintió
que su vos temblaba al hacer esa pregunta.
El anciano
no respondió su pregunta, sino que sus labios se alzaron en una rara sonrisa
satisfecha.
“Bien, supongo
que tú me servidas, muchacho.” Dijo el misterioso anciano.
“¿Yo?”
Nelldir no entendía
a lo que se refería el anciano.
Pero desde
ese día, la vida de este simple niño huérfano, pobre y hambriento, cambio para
siempre. Y jamás volvería a ser lo mismo.
Ese día
Nelldir conoció al hombre que sería su maestro.
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